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La evolución de la mujer en la literatura

EL DIARIO DE SALTA.- Cierto es que a lo largo de la historia, las mujeres han sido consideradas un ser inferior, relegadas a un segundo plano o reducidas a lo que se denominó “ángel del hogar” (su papel se limitaba al cuidado de los hijos o las tareas domésticas).

Antes de llegar a las descripciones poéticas de Garcilaso (“descriptio puellae”) con mujeres jóvenes, de cuello blanco y radiante belleza (el poeta alerta de la posible destrucción con el paso del tiempo), asistimos a una subordinación con respecto al varón en la Edad Media (nos encontramos ante una sociedad tan teológica como antropocéntrica).

Si hay coincidencia mayoritaria en la crítica en relación con algún tema, sin duda alguna ésta tiene que ver con el tratamiento de la mujer en la obra lorquiana.

San Agustín defenderá esa subordinación, teniendo en cuenta la faceta tentadora de las mujeres (instrumento del diablo): “Son las mujeres quienes deben ejercer como perfectas madres y esposas.”

En este sentido, no debemos pasar por alto la figura de Lilith (la demoníaca primera mujer que abandonó a Adán según la tradición judía). Para muchos, Lilith es esa persona íntegra, dispuesta a gozar de la vida (fuente de inspiración de numerosos artistas y objeto de estudio de ilustres pensadores). Cansada de no ver atendidas sus reivindicaciones, la antes citada abandona el Paraíso, antes que renunciar a sí misma.

Pero, si hay coincidencia mayoritaria en la crítica en relación con algún tema, sin duda alguna ésta tiene que ver con el tratamiento de la mujer en la obra lorquiana. Federico García Lorca muestra a la perfección su alma, encontrándonos con mujeres muy distintas.

Del autoritarismo de Bernarda pasamos a la sumisión y resignación evidenciada en Yerma. En la obra del granadino observamos el drama (fiel reflejo de historias que el poeta conoce bien y que traslada al papel). Cuando uno lee las historias del dramaturgo, logra identificarse con sus personajes (especialmente con sus mujeres).

Así, Yerma se lamenta de su suerte, de la frustración de no poder cumplir su sueño: el deseo de ser madre. Lo vemos en algunos fragmentos:

 

¡Ay, qué prado de pena!

¡Ay, qué puerta cerrada a la hermosura!,

que pido un hijo que sufrir, y el aire

me ofrece dalias de dormida luna.

Estos dos manantiales que yo tengo

de leche tibia, son en la espesura

de mi carne dos pulsos de caballo

que hacen latir la rama de mi angustia.

¡Ay, pechos ciegos bajo mi vestido!

¡Ay, palomas sin ojos ni blancura!

¡Ay, qué dolor de sangre prisionera

me está clavando avispas en la nuca!

Pero tú has de venir, amor, mi niño,

porque el agua da sal, la tierra fruta,

y nuestro vientre guarda tiernos hijos

como la nube lleva dulce lluvia.

 

La fidelidad de la protagonista está fuera de cualquier duda. Hace caso omiso a consejos de vecinas, así como a las posibles insinuaciones de otros hombres.

El sufrimiento de Yerma aparece también en Bodas de sangre. En el primer caso, vemos a una mujer cansada de oír la palabra marchita, máxime cuando no es la esterilidad la causa de no ser madre. Mientras, en el segundo caso la muerte cobra protagonismo.

García Lorca teje una historia basada en una noticia, ocurrida en Níjar. Con un futuro enlace próximo, la madre del novio ha tenido que hacer frente a la pérdida de su esposo y uno de sus hijos. Ella quiere lo mejor para el futuro contrayente, pero la tragedia será inevitable.

La viuda descubrirá que la novia, tiempo atrás, amó a uno de los Félix (familia responsable de la muerte de su esposo e hijo, si bien el antiguo amor contrajo matrimonio con una prima.

Celebradas las nupcias, se producirá la huida y la consecuente humillación del ya marido. Leonardo (el antiguo amor) y la novia (ya esposa) refrendan su amor, escondidos en el bosque.

La fatalidad hace acto de presencia, con la muerte de amante y esposo. Mientras, el destino muestra a tres mujeres bien distintas: la mujer de Leonardo, la suegra y la novia desaparecida.

Si la primera ha de consagrar su vida al cuidado de sus hijos, envejeciendo y llorando a solas, la novia desea ser castigada. Pero la madre del esposo mancillado y muerto, cansada, afirma: “Que la cruz ampare muertos y vivos”.

La mujer en García Lorca adquiere un simbolismo incomparable, mostrándonos el interior de sus personajes. También se da este hecho en La Celestina, de Fernando de Rojas, observando el contraste entre la vieja alcahueta y Melibea (en la obra vemos los distintos tipos de mujer que conformaban la sociedad de la época).

 

Con el Realismo asistimos a una evolución, encontrándonos con un movimiento que pretende representar objetivamente la realidad.

Las notables diferencias existentes en el tratamiento de la mujer (desde la Edad Media hasta nuestros días), pueden vincularse también a nombres de valientes, auténticas revolucionarias de la época en la que les tocó vivir; tales son los casos de Simone de Beauvoir o Emilia Pardo Bazán, entre otras.

Si movimientos como el Romanticismo propugnan la rebeldía y libertad como máximas, resulta curiosa la comparativa entre literatos hombres frente a las féminas (muchas de ellas publicarán bajo seudónimo).3 Los románticos bucarán el amor imposible, ese sueño intangible o amor ideal (inalcanzable).

Con el Realismo asistimos a una evolución, encontrándonos con un movimiento que pretende representar objetivamente la realidad. No podemos olvidar la radiografía social del Oviedo de Clarín (para él Vetusta), ni tampoco a esa mujer reprimida y asfixiada por los convencionalismos, insatisfecha en una sociedad conservadora al lado de un hombre mayor ue no sabe entenderla.

Laurencia, en Fuenteovejuna, de Lope de Vega (obra barroca), se mostrará segura de sí misma, lanzando una reivindicación: la protección de las mujeres y la defensa de su honra.

Atrás quedan obras como El sí de las niñas, con un firme propósito didáctico (al más puro estilo neoclásico), mostrando el personaje de Paquita un inconformismo con los papeles tradicionalmente otorgados a las mujeres.

Actualmente, debido al empeño de numerosas voces, hartas de ser silenciadas a lo largo de la historia, la situación ha cambiado enormemente, si bien queda aún mucho trabajo por hacer.

Nombres de la talla de Virginia Wolf o las hermanas Brontë han permitido que el camino que les toca emprender hoy a otras escritoras no sea un campo de minas, como lo fue a lo largo de la historia.

A ellas, debemos reconocerles su importante labor en pro de abrir nuevos caminos y sortear obstáculos, para hacerles más fácil la vida a las futuras generaciones.

Fuente: www.letralia.com

www.eldiariodesalta.com

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